MUESTRA 003

Esta breve pero elocuente muestra incluye primordialmente evidencias del uso que Carlota Pérez-Reverte Mañas hizo de la traducción realizada en 1883 por el poeta y traductor peruano JOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ, con el título La comedia de las equivocaciones. Pese a su antigüedad, la traducción de Márquez se halla tanto en línea como en forma de libro, publicada por EDAF. No obstante su brevedad, cuyo fin es simplemente dar fe sin exigir excesiva lectura, la muestra prueba, también, que Pérez-Reverte Mañas tuvo mi texto a la vista y lo usó a la vez que el de Márquez. El resto de la escena mantiene la misma tendencia, lo cual se puede comprobar en cualquier momento.

La evidencia de que Pérez-Reverte Mañas hizo uso de otra traducción, además de la mía, sin tampoco darle crédito, refuerza que su "versión" de la obra de Shakespeare es producto de un acto deliberado de apropiación del trabajo ajeno. Al mismo tiempo, el radical contraste que se puede observar entre la traducción de Márquez y la mía sirve para comprobar que lo hecho por Pérez-Reverte Mañas no puede ser obra de la casualidad ni de coincidencias de traducción fincadas en el texto de Shakespeare.

La muestra siguiente corresponde a la primera escena del segundo acto del texto de Shakespeare. Está dividida en dos partes y organizada en tres columnas, para el fácil cotejo de los textos involucrados. La primera parte de la muestra comienza a los 25:25 minutos del vídeo íntegro del montaje y termina a los 25:54; la segunda comienza a los 29:21 y termina a los 31:45.

En la primera columna, transcribo al pie de la letra el texto usado en el montaje arriba referido, realizado a partir de lo que en el mismo se identifica como una "versión" y adaptación de la obra de Shakespeare por Carlota Pérez-Reverte Mañas. La segunda columna contiene la traducción de José Arnaldo Márquez, originalmente publicada en Barcelona, por "Arte y Letras" en 1883. La tercera consigna mi traducción.

Cabe señalar que mi traducción está escrita en verso y prosa de acuerdo con el original, pero en esta ocasión he transcrito mi versos como prosa, a fin de que empate con los otros dos textos, para comodidad en la comparación. Por ello, la tercera columna no tiene una apariencia distinta; no obstante, debe apreciarse que, donde el original rima, mi traducción también lo hace. La traducción de Márquez se halla enteramente en prosa, como también lo está el texto confeccionado por Pérez-Reverte Mañas, excepto donde ha hecho uso indebido de versos íntegros, o casi, de mi traducción -- véanse simplemente los últimos renglones de esta muestra.

Para facilitar la comparación y la evidencia, he coloreado los textos como sigue:

-Los fragmentos en ROJO identifican las adaptaciones hechas a las traducciones de referencia, así como los textos añadidos al original, por Pérez-Reverte Mañas.

-Los fragmentos en VIOLETA identifican transcripciones al pie de la letra, o casi, de la traducción de Márquez.

-Los fragmentos en AZUL identifican transcripciones al pie de la letra, o casi, de mi traducción.

Las acotaciones y nombres de personajes se han conservado en NEGRO. 

Carlota Pérez-Reverte Mañas

La comedia de los enredos

ADRIANA. 

Ni mi marido, ni su criado -y mira que le dije que se dieran prisa- han vuelto, y ya son las dos.


LUCIANA. 

Algún comerciante le habrá invitado, y se habrán ido a comer a alguna parte. Vamos hermana, los hombres son dueños de su libertad, pero esclavos del tiempo, los pobres.



ADRIANA. 

¿Y por qué ha de ser su libertad mayor que la nuestra, eh?

LUCIANA. 

Porque sus quehaceres están siempre fuera del hogar.

ADRIANA. 

Ya. Pero si yo me retraso, se enfada conmigo.

LUCIANA. 

¡Ah! No olvides que él es quien lleva las riendas.

ADRIANA. 

Las riendas son para guiar asnos.


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[SEGUNDA PARTE DE ESTA MUESTRA]

LUCIANA.

¡Cómo te ofusca la falta de paciencia!

ADRIANA. 

¿Quieres saber lo que me ofusca? Mi marido lleva casi un mes ocupado en menesteres que me oculta, y cuando está en casa, su humor es siempre negro, y su gesto, hosco.

LUCIANA. 

 Estará cansado de trabajar.

ADRIANA. 

 Cansada estoy yo. Debe de ser una delicia para otras mujeres poder gozar de su compañía mientras yo me pudro en casa y suspiro por una mirada afectuosa. ¿Acaso la huella del tiempo ha borrado la belleza seductora de mi ----- rostro? Eso es porque es él quien la ha marchitado. ¿Es fastidiosa mi conversación, estéril mi ingenio? Si mi conversación ya no es viva y apasionada es su frialdad, peor que la del mármol, la que la ha apagado. ¿Atraen otras su atención con brillantes aderezos? Tampoco es culpa mía si ya no los tengo, puesto que es él quien dispone de mis bienes. ¿Qué estragos hay en mí que no haya causado él? Luego, él es responsable de mi decadencia. Una simple mirada suya devolvería bien pronto mi belleza; pero mi marido, ciervo indomable (no, no ciervo de los cuernos, sino como de salvaje) salta la empalizada y corre a buscar pasto lejos de su casa. (Esto es una metáfora; no es que mi marido salte empalizadas ni nada. O bueno, sí; no sé ya, no sé...) ¡Pobre desventurada! Yo ya no soy para él sino un goce pasado.

LUCIANA. 

¡Celos con que te atormentas tú misma! Sácatelos de esa cabecita.


ADRIANA. 

Sus ojos veneran altares ajenos; si no, ¿qué causa le impediría estar aquí? Hermana, sabéis que me ha prometido una cadena de oro.

LUCIANA. 

 ¿Una cadena de oro?

ADRIANA. 

 Sí, una cadena de oro... ¡Pues de hierro forjado tendría que ser, para amarrarlo a mi lecho! Ya que mi encanto no cumple sus anhelos, llora y que me consuma el desconsuelo.




LUCIANA.

¿A cuántos cuerdos vuelven locos los celos?

Salen.

José Arnaldo Márquez

La comedia de las equivocaciones

ADRIANA. 

Ni mi marido, ni el esclavo a quien con tanta prisa envié a buscar a su amo, han vuelto. Luciana, son las dos.


LUCIANA. 

Quizás algún comerciante le habrá invitado, y habrá ido del mercado a comer a alguna parte. Querida hermana, comamos y no os agitéis. Los hombres son dueños de su libertad. El tiempo es el único dueño de ellos; y, según ven el tiempo, van o vienen. Así, tomad paciencia, mi querida hermana.

ADRIANA. 

¡Eh! ¿Por qué ha de ser su libertad mayor que la nuestra?

LUCIANA. 

Porque sus quehaceres están siempre fuera del hogar.

ADRIANA. 

Y ved, cuando yo hago lo mismo lo toma a mal.

LUCIANA. 

¡Oh? Sabed que él es la brida de vuestra voluntad.

ADRIANA. 

Únicamente los asnos se dejan embridar así.

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[SEGUNDA PARTE DE ESTA MUESTRA]

LUCIANA.

¡Vaya! ¡Cómo rebaja la impaciencia la expresión de vuestro rostro!

ADRIANA.

¿Es necesario que halague con su compañía a sus favoritas, mientras que yo languidezco en el hogar y suspiro por una mirada afectuosa? ¿Ha desaparecido con la fealdad de los años la belleza seductora de mi pobre rostro? Entonces es él quien lo ha marchitado. ¿Es fastidiosa mi conversación, estéril mi ingenio? Sí ya no tengo una conversación viva y picante, es su dureza, peor que la del mármol, lo que la ha embotado. ¿Atraen otras su afecto con brillantes aderezos? No es culpa mía: él es dueño de mis bienes. ¿Qué estragos hay en mí que no haya causado él? Sí, es él solo quien ha alterado mis facciones. Una mirada suya animadora restauraría bien pronto mi belleza; pero él, ciervo indomable, salta las empalizadas y corre a buscar pasto lejos de su albergue. ¡Pobre desventurada! No soy ya para él sino un goce pasado.









LUCIANA.

¡Celos con que te atormentas tú misma! ¡Ea, pues! arrójalos de ti.


ADRIANA.

Sólo idiotas insensibles pueden prescindir de semejantes agravios. Sé que sus ojos llevan a otra parte su homenaje; si no ¿qué causa le impediría estar aquí? Hermana, sabéis que me ha prometido una cadena. ¡Pluguiera a Dios que esto fuese la sola cosa que me negara! No desertaría entonces de su lecho legítimo. Veo que la joya mejor esmaltada ha de perder su hermosura; que si el oro resiste largo tiempo al frotamiento, al fin se gasta con el roce; del mismo modo no hay hombre, que tenga un nombre sin que la falsedad y la corrupción lo degraden. Puesto que mi belleza no tiene encanto a sus ojos, llorando consumiré lo que me queda de ella, y moriré en el llanto.


LUCIANA.

¡Cuántas amantes insensatas se esclavizan a celos furiosos!

Salen.

Alfredo Michel Modenessi

La comedia de los enredos

ADRIANA 

¿No han vuelto mi marido ni su criado, a quien mandé que buscara a su señor sin más demora? Ya son las dos, Luciana.


LUCIANA 

Tal vez un mercader lo convidó y de la plaza fueron a comer quién sabe dónde. Vamos a la mesa, hermana, no te inquietes. El hombre es dueño de su libertad, el tiempo lo es del hombre, y el hombre viene o va según le acomode el tiempo. Ten paciencia.


ADRIANA 

¿Y por qué ha de tener mayor libertad?

LUCIANA

Porque su oficio lo aleja del hogar.


ADRIANA

Si yo me retraso, se enfada conmigo.

LUCIANA

Él es quien lleva las riendas de tu arbitrio.

ADRIANA

Sólo los asnos obedecen las riendas.


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[SEGUNDA PARTE DE ESTA MUESTRA]

LUCIANA

¡Pero cómo te ha ofuscado la impaciencia!


ADRIANA

Sus queridas disfrutan de su presencia mientras yo me muero por una mirada. ¿Mis años le han robado a mi desdichada tez su belleza? No: él la ha malgastado. ¿Es sosa mi charla, necio lo que hablo? El diálogo vivo pierde su agudeza mas no contra el mármol: en la indiferencia. ¿Con alegres galas otras lo seducen? Es rey de mi aspecto; que él no me culpe. Estas ruinas mías, ¿no las ha causado su abandono? Mi descuido es su pecado. Una cálida mirada bastaría para alumbrar mi belleza oscurecida; mas, como un ciervo indócil, salta la cerca y no come en casa. Yo soy su muñeca.













LUCIANA 

¡Te matan los celos! Échalos a palos.


ADRIANA

Sólo una insensible disculpa el agravio. Sus ojos veneran altares ajenos; pues, ¿qué le impide estar bajo mi techo? Me ha prometido una linda cadena; si mejor cumpliese con otras tareas en su propia cama hallaría quietud. La gema más bella pierde así su luz, mas el oro dura, aun cuando lo palpen tantos que al final se ensucie y desgaste: así pues, no hay hombre que se llame tal, que manche su nombre con la falsedad.

Si mi encanto ya no cumple sus anhelos,

que llorando me consuma el desconsuelo.




LUCIANA

¿A cuántos necios vuelven locos los celos?

Salen.